La tercera muerte de Dios

La primera vez que Dios murió fue en la cruz. La segunda, en los libros de Marx y Nietzsche. La tercera, en la psique del hombre europeo. Ante esta situación de ateísmo generalizado, el filósofo André Glucksmann abre una serie de interrogantes de enorme calado: ¿por qué Europa es el único continente ateo del planeta? ¿Por qué en el resto del mundo siguen perpetrándose masacres en nombre del Ser supremo? Y ¿por qué estas dos cuestiones no se reducen a la misma?

 
No se trata ya de reemplazar a Dios, pues es su mismo lugar en la sociedad el que parece haber desaparecido. El siglo XIX cuestionaba el punto de referencia que habría de estructurar a la civilización: ¿gravitaría la sociedad en torno al cielo de la Razón o conservaría el de la Fe? Ahora, razón y fe parecen haber sido destronadas.
 
Del Atlántico a los Urales, los modos de vida difieren, los logros económicos son contradictorios, pero por primera vez las inquietudes del hombre de la calle sobre la vida, la muerte, el cielo o la tierra, son idénticas. ¿Exportará Europa al resto del mundo la muerte de Dios? Con la lucidez que siempre le ha caracterizado, André Glucksmann profundiza sobre todas estas cuestiones y deja entrever que, en la ausencia de un Dios absoluto y universal, puede instituirse una verdadera civilización[1].
 
Epílogo[2].
 
Dios murió una primera vez en la cruz. La segunda fue en los libros y las imprecaciones. La tercera por el mismo paso de los siglos que van y vienen. De Holbein al Picasso del Guernica, después de las grutas de Lascaux, tal vez sólo la pintura llega a producir una muerte del tercer tipo, me he susurrado en voz baja, al quedarme parado frente al mandato de pensar lo impensable que es el fin de todo.
 
Para quienes creen en el cielo, como para los que no creen, Navidad es la fiesta de los niños, la celebración y el esplendor de un recién nacido, no importa dónde. He empezado estas páginas el 25 de diciembre de 1997, frente a la cricifixión de un niño Baïnem. Las finalizo el 25 de diciembre de 1999, cuando, en medio del silencio mundial, los obuses y las bombas arrasan una capital donde se entierran a decenas de miles de civiles. ¡Los profanadores de tumbas y los incendiarios de guardería, vuelan de victoria en victoria! Rara vez se olvidan de invocar al Ser supremo, masacran en nombre de Alá en Argelia, erradican Chechenia con la bendición conjunta de la Iglesia ortodoxa y el Partido Comunista ruso. Las autoridades religiosas y morales del planeta apartan la vista, avalan las profesiones de fe y se dedican a los oficios de costumbre como si no pasase nada, como si Dios no estuviese siendo crucificado en los suburbios de Argel ni despedazado vivo en los brazos de una madre en Grozny. ¿Por qué nos íbamos a preocupar por una divinidad a la que parece que no le atañen esos sucesos? Cuando los europeos se ponen masivamente a vivir y a pensar “como si Dios no existiese” (Juan Pablo II), están levantando acta de la dimisión recurrente de nuestras sacrosantas instituciones clericales y laicas.
 
Los asesinos que se dicen de Dios le matan, los fieles que miran hacia otro lado le entierran y transforman una creencia antaño pública en un asunto tan privado que parece privado de existencia. Eso es lo que está poniendo patas arriba a un continente cuyos habitantes, desde el principio, han osado cotejar lo que experimentan en la tierra y lo que adoran en “Dios”.
 
Europa no está dotada para una historia feliz. Desde Herodoto ésta nos cuenta cómo, ávidos de goces definitivos, los hombres se olvidaron de aprender a morir y han quemado todas las naves. Presunciones doctas, éxtasis místicos, borracheras eróticas confundidas. La falsa buena nueva  del fin de las tragedias prosperó en 1918, 1945, 1989. El año 2000 añade su cifra redonda y fácil, nada más: un calendario no mide ni confiere ritmo al curso del mundo.
 
Europa no piensa más que en situaciones de desafío y sus pensamientos supremos nacen de supremos desafíos. El de una divinidad, Cronos, Saturno, que devora a sus hijos. El de un rey, Layo, que debe matar a su hijo Edipo. El de los legisladores adultos que empujan a los adolescentes a la guerra. Ni el cristianismo, ni la literatura, ni el psicoanálisis exoneran de meditar el vínculo sacrificial que une lo Antiguo y lo Nuevo, a Abraham e Isaac, al Padre y al Hijo.
 
La historia de Occidente es tan pronto la historia cómica de la producción contraproducente de calamidades, como la historia trágica de la voluntad de liberarse, careciendo de las herramientas. Alcibíades, el impío que se lo permite todo, y Nicias, que lo respeta todo en demasía, representan la irresponsabilidad de los responsables, en una Atenas todavía nuestra que quiere ignorar que Grecia puede perecer. Tucídides les observa y nos lega su tercer ojo, casi médico. Descifra la patología de nuestras caídas colectivas, diagnostica un mal y pronostica una evolución. Algunos espíritus astutos releyeron su Guerra del Peloponeso a la luz de 1914, sospechando que el planeta entero se convertiría en Peloponeso.
 
Príamo y Aquiles no tuvieron ninguna necesidad de la bomba atómica para saberse vulnerables. En compensación, los numerosos propietarios de armas de destrucción masiva podrían tomar prestado de ellos un poco de sentido común. El padre y el asesino de Héctor, junto con Príamo y Aquiles, velan juntos el cadáver del héroe. Al “En efecto, nada empuja tanto a la misericordia como pensar el peligro que puede alcanzarnos”, hace eco la frase de san Agustín: “nihil enim ad misericordiam sic inclinat, quam proprii periculi cogitatio”. Los mortales se unen ante un mal común. Estar juntos sobre esta tierra significa estar juntos en peligro y a veces darse cuenta de ello. En ausencia de un Dios absoluto, universal, reconocido, el ponerse de acuerdo a fin de retrasar el vencimiento de las calamidades, el instituir una comunidad a partir del riesgo, hacerle frente, es lo que se denomina civilización.
 
Glucksmann, A. La tercera muerte de Dios. Kairós (Barcelona), 2000, 299 pp. [Trad. Miguel Portillo.]

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[1] Nota de la contraportada.
[2] pp. 296-298.

 
Número 1
[4a época]

Presentación

Hace ya casi dos años del último número publicado de la anterior época.  Y hemos vuelto. Parece como si fuésemos "indestructibles" o quizá medio obsesivos, aunque con certeza puedo decir que Códigos Urbanos es parte de nuestra vida.
Aquí estamos con nuevas perspectivas y con nueva gente que poco a poco se irá integrando a esta etapa. Por lo pronto en esta primera entrega se muestran algunos trabajos pendientes que soportaron la larga espera.

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En este número...
Ludmer y las literaturas postautónomas

Ahora, ser idéntico a sí mismo ya no es deseable. Difícil llevar aquel sello que, en el ejercicio de la integridad antecedente, se ensalzaba como uno de nuestros derechos más meritorios. Todo ciudadano debía –debe, cierto, incluso ahora mucho más que antes, aunque no por las mismas razones– ser identificado e incluido en las proyecciones realizadas para lo que los esquemas de planificación estaban hechos: el control colectivo. Control de los afectos y de los efectos de ello. Control del cuerpo en la medida en la que era concebido todavía como producto de un sistema histórico organizado. El individuo daba la cara, se presentaba como una representación modal, como quien caracterizaba el ejemplo que una comunidad debía seguir. Los otros, los que no se adaptaban, los exiliados, eran algo definitivamente distinto; incomprendidos o no, se les usaba sólo como parte del ensalzamiento de las historias de marginación que las grandes urbes producían.

 

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La crítica literaria y la crítica cultural - Modelando la Teoría Estética


Para la configuración de una teoría estética que dé cuenta de la naturaleza del hecho artístico, su generación y acontecer, se requiere la delimitación de la crítica como evaluación teorética del fenómeno artístico (como hecho artístico y como recepción y vivencia del arte.)

La crítica literaria es, en un sentido específico, crítica de la literatura como arte. Dado que en la actualidad hay vertientes filosóficas que conciben a la literatura como todo aquello que se escribe sobre la cultura, se acepta sin conceder, o se concede sin aceptar, a modo de hipótesis, que en un sentido amplio la crítica literaria abarca el espectro del quehacer cultural, más allá de lo artístico.

El presente escrito pretende abonar sobre la problematización del quehacer crítico en el arte, teniendo como fondo la asunción a comprobar que la crítica es un costado de la vivencia estética, y un motor del dinamismo del acontecer del arte; un diálogo con las obras que las coloca, a estas, en medio del terreno de lo abierto e inacabado, sin posibilidad de clausura.

 

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Letras al vuelo

Poesía

Ave María

 

Abandonamos tu estruendo, María,
tierra desbordante de flores,
fuego hirmado en las montañas
y lluvia.

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Voces

(fragmentos, versión texto)

Ecos o murmullos
lejanos desdibujos
vástagos de sordas plastas heridas
arrójate improvisada naturaleza 

No debo levantar la mirada porque tus ojos son fatales
no buscar odios, muecas aguijadas y fermentos en pan ácido

 

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Literatura

Algo de cuento

Ser bello tampoco me da las satisfacciones que esperaba


Echarles la culpa de mi suerte a mis padres, a la sociedad, a la naturaleza, a Dios o al Diablo puede ser una explicación bastante razonable, hasta cierto punto. Sin embargo eximirme de la responsabilidad que implica cargar con un físico deprimente y desagradable para la gran mayoría de la gente, no significa librarme de la pena, el sufrimiento y en el mejor de los casos la indiferencia de los demás.
No me da vergüenza confesar los muchos desprecios que he recibido de parte de mujeres  cuando he tratado de ser amable y cariñoso. Su rechazo en tono despótico me ha causado un resentimiento contra su sexo, a tal grado que siendo sincero, he pensado que si tuviera el poder, lo desaparecería del planeta.

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Pod Poesía
Autor: Tonatihu Mercado

 

Persona[Videopoema]
Autor: César Cortés

 

H1N1 [Poema Digital]
Autor: Eliza Terroba

 

Transgresión [Videopoema]
Autor: Edgar Khonde